Desde su original concepción inmaterial como idea a-partir-de-la-cual, toda obra de arte aspira a ser aprehendida a través de una facultad sensitiva que demanda del sentimiento, de la afectividad, de la empatía, de la inteligencia y la voluntad, a fin de poder engarzar su facticidad epifánica y significante con el hecho mismo de ser resultado de un complejo, subrepticio e impredecible proceso en-virtud-del-cual que, al tiempo que la precede, la posibilita. Antes que realidad aprehensible y significante, la obra es, pues - en su estatuto previo de en ciernes-, dinamicidad formativa, búsqueda denodada y en tentativa, insatisfacción permanente y formalidad en proceso supeditada a la intimidad vocacional de un artista en exigente lucha con la materia. Penetrar en ese universo arcano y efervescente, que encubre bajo su aspecto definitivo una obra, es revelar un proceder esforzado de automanifestación y de entrega tan luctuoso como fascinante.