A veces nos falta el aire. Porque nos da la impresión de que Dios se cierne sobre nosotros, porque algo nos ahoga desde dentro, porque en la Iglesia nos sentimos apretados, porque toda nuestra vida es una difícil carrera. Así que hay que detenerse, darse el tiempo y el espacio interior para que pueda emerger nuestro deseo profundo; hay que abrirse a la belleza; venerar las fuerzas positivas que Dios ha sembrado en nosotros, cultivar y cuidar ese jardín, hacer que huela a frutas. Escuchemos las Escrituras: a Dios –que no es un deber, sino un estupor– le gustan las nuevas partidas y los reinicios más que los recorridos rectilíneos. Ve en nosotros la luz primera de la oscuridad, la primavera dentro del invierno, la santidad más allá del pecado.